Venezuela: Crónicas de un golpe suave VI. La muerte de la Guajira.

Orlando Romero Harrington
19 de febrero, 2014
ORH+

Caracas, 19 de Febrero del 2014

No suena la música. Se acabó el soundtrack de lo que es habitual, en Caracas.

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La primera vez en mi vida que ví a Llanfrancis Colina tenía el pelo rosa, un pantalón de cuadros blancos y negros y una molotov en la mano. Apagada. Bastaron unos días para que juntos, nos uniéramos a la agitación de una juventud que se despertaba en socialismo. Un socialismo que te permitía, te facilitaba, te inspiraba. Eran los días de un paro universitario, y descubríamos que las mafias de unos profesores sólidos como bloques, constructos de la conservación nos aplastaban, como estudiantes dispersos. Éramos diferentes. Cada uno llevaba un pedacito de fuego sagrado. No sabíamos cómo, pero cambiábamos la historia.

Recuerdo siempre una imagen, cuando la nombran. Gritaba ¡tomaremos acciones! Encaramada en las mesas del comedor, luchando por cerrar las puertas, luchando por una mejor comida, un mejor trato, servicios, pasaje, derechos. Una imagen amarillenta por el tiempo, con fondo de baldosas verdes o azules, que más da. Ya la memoria no da para tanto.

Luego, una noche espesa, como un barro azul neón. Andaba con Mango y La Gocha. Feliz. Con una cámara en la mano, Llanfrancis descarga el arte que maneja. Desde los fundamentos técnicos hasta estéticos, desde el contenido hasta el fin.

La primera vez en mi vida que ví a Luzmilla Petit fue en la Vega. La segunda, echándole bola con un taller de cultura en el centro de la ciudad. Parece mentira que hoy, sea la última vez que la voy a ver.

Y es que maíta se nos fue, presa de la agitación y en pleno síncope, la oscuridad atacó, esta vez fatalmente. El enemigo la bloqueó en una guarimba, por horas. Cuando llegó a la clínica, que minutos más tarde también fue asediada, no había nada que hacer. La madre de Llanfrancis Colina, Luzmilla, ha caído en el campo de batalla que es hoy, Caracas. Asediada por el terrorismo fascista. Muere alguien más, por el odio en Venezuela.

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__Aquí todo el mundo tiene el dedo así, gesticulaba Kotufa. Apretando el gatillo.

La funeraria Vallés se empezaba a llenar de pelúos, de gente rara. Todos con el dolor en sus caras pero también, con una rabia sorda que te pega en el corazón, es un peso insostenible que te abalanza hacia abajo.

__Lo último que me dijo mi vieja fue: Mija, no deje que esos carajos tomen el poder otra vez.

Posetas. Lanzaban posetas hacia la calle. El peo del asedio a VTV, el canal de noticias estatal era que desde los edificios lanzaban cualquier cosa. Entonces los fachos se acercaban, venga piedra venga tiro venga molotov contra la Guardia Nacional y la Guardia voy por ti y de los edificios agarra. Pero ese era el peo de VTV. Trabajadores obligados a esconderse, a disimular su identidad en el caso de estar detrás de las cámaras. Porque a los que son transmitidos por la pantalla les toca vivir como guerreros de acero, con una coraza de indiferencia y virtud. Salir por VTV, de hecho salir por cualquier medio de la Revolución Bolivariana, es un sello, un tiro al blanco moviéndose.

Llanfrancis conoce de odios. Ella ha hecho, lo que muchos jamás harían. Abordar el rostro más bestial del fascismo, el irrazonable. Y registrarlo, y mostrar a estos zombies teledirigidos, sin control por 12 años. En un país en donde un Canal de Televisión utiliza como uniforme chalecos antibalas para sus comunicadores, en plena democracia y paz de los años 2010, Llanfrancis se manejaba como una reportera de guerra. Y Maíta ahí. Acompañando, resolviendo, aportando. Leal con este peo nojoda. Leal. Los pobres no sabemos ser leales de otra manera, poco nos importan los horarios. Los revolucionarios pobres trabajamos hasta que nos vence el cansancio, porque la tarea no nos deja dormir. Nos carcome cómo hacer la vaina mejor. Nos empuja un motor que es Chávez, el que despertó, el que se cagó en todos y en todas y en todo. Y allí íbamos con él, siendo él a veces pocas, fallando muchas, aprendiendo, transformándonos, transformando.

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Anochece, en Mariche. Me siento solo, cansado después de un día de Gobierno de Calle en donde resolvimos tres apuestas fundamentales para la Escuela, la Comunidad. Luego, cuando esté más lúcido y pueda olvidar la cara de mi negra llorando, preguntándose porqué coñoelamadre nos matan a nosotros. Porqué, preguntaba el Mimo tenemos que aguantar esta vaina? Porqué, pregunto yo no podemos plantearnos un límite?. Un día. Un plazo. Hasta aquí soportamos. No más terror, no más abuso, no más muerte, no más trancas, no más fuego. No más.

Cuando uno se vuelve viejo, suele recordar los rostros de los ancestros. Yo recuerdo a Luzmilla Petit diciéndome bájale dos. Y ahora, estoy completamente seguro de que me diría lo mismo. Me diría que canalizara la rabia. Que dejara de pensar en aquellos que trancando una calle y obstaculizando el tráfico, y quemando basura y agrediendo “luchan por la seguridad”. Esos, que siguen las órdenes, los peones del Imperalismo en su versión Betamax. Criollos vale, llenos de esteroides y perico, excitados por la destrucción real, no en videojuego de una calle. Esos que se burlan de nosotros porque al atraparlos las fuerzas de seguridad vuelven a la libertad, porque tienen plata, tienen contactos, tienen poder, tienen influencia, tienen caché, tienen savoir, tienen peso, tienen real, tienen pedigrí. Tienen un estado que les protege sus derechos humanos, unos medios que los filman, unos dólares que ponen la carne en la parrilla.

Pero ya son las 12. Mañana será otro día para ti, Negra. No puedes permitirte desfallecer. Nuestras viejas, nuestros hijos, nuestros panas, nuestros pobres, nuestra gente, nuestro país no pueden permitirse desfallecer. Será Paz. A sangre y fuego, ojalá.

Homenaje de Zurda Konducta a Luzmilla Petit

https://www.youtube.com/watch?v=9tAXMuIgvm8.