Ucrania: Economía de la violencia

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Fuente: Boris Kagarlitski / Rabkor / Traducido por Carlos Valmaseda

Mientras en Donetsk se dan los resultados del referéndum, en Odessa sigue muriendo gente. Ha muerto en el hospital uno de los heridos supervivientes del pogromo en la Casa de los sindicatos. Ese mismo día se ha informado en las redes sociales que vengadores desconocidos acabaron con tres jóvenes participantes en el pogromo. Se ha atribuido el asesinato una tal «Brigada 2 de mayo», que anuncia la caza de radicales de derechas, culpables de la masacre de Odessa, mientras otros sospechan que se trata de una provocación de esa misma derecha.
Ya advertía de las provocaciones la página «Russkaia Vesna», al informar hace unos cuantos días de que miembros de los SBU (servicios del interior ucranianos) han colgado en internet la dirección y la fotografía de participantes en el pogromo:
«El guión está escrito: después de que en Odessa a ucrafascistas de unas pocas «centurias celestiales» del «Sector derecho» les disparasen con francotiradores, les hacían falta nuevos mártires, y mucho mejor si son mujeres. Porque en este caso el efecto de relaciones públicas es más fuerte. (…) No ha funcionado. Los verdugos de Odessa serán juzgados en un nuevo Nuremberg, en el que los jefes de la Junta y sus acólitos responderán de sus crimenes. Del golpe de estado del 22-23 de febrero, del ataque punitivo en Slaviansk, del Khatin de Odessa y de la batalla de hoy en Mariupol. Responderán del asesinato de una enfermera, del sacerdote fusilado, de las balas disparadas a niños. Hasta ese momento, nada de tomarse la justicia por la mano. El Sur-Este lucha contra el monstruo sangriento y vil oligarco-fascista, y vencerá en esta lucha. Vencerá, no en último lugar, por su superioridad moral sobre Kolomoyski, Yatseniuk y Yarosh.»
No se puede sino enorgullecerse de gente que bajo las condiciones de una guerra civil en desarrollo no llaman a la venganza sino a la responsabilidad moral. Y hasta ahora estos llamamientos, en general, han sido escuchados. Incluso el jefe de policía de Mariupol, Valeri Andrushchuk, quien disparó junto con sus ayudantes y llamó a la ciudad a la Guardia Nacional, capturado por los milicianos, fue liberado solo con algunos golpes. A pesar de que como resultado de su actividad murió una decena de personas en Mariupol.
No obstante, es dudoso que solo con llamamientos se detenga la escalada de violencia espontánea que se está produciendo hoy en Ucrania. Cuando en las redes apareció la noticia sin confirmar de que Andrushchuk había sido colgado de un álamo por ciudadanos furiosos, produjo gran entusiasmo entre los usuarios de internet. La gente quiere justicia y exige venganza.
La exasperación de la guerra civil penetra en el espacio virtual anticipándose a los acontecimientos reales. Y el tono lo dan aqui precisamente los partidarios del «Euromaidán» entre los intelectuales liberales en Moscú y Kiev. La responsabilidad por lo sucedido se encuentra también en los políticos y periodistas occidentales desinformando tenazmente a la sociedad europea (sirva de muestra el artículo en el «Daily Mail» londinense en el que los funerales de la enfermera de Slaviansk, en la que los participantes quemaron la bandera ucraniana, fueron presentados a los lectores como una acción de protesta contra la ocupación ruso-chechena [sic!].
Al aprobar y justificar la represión organizada por los seguidores del régimen de Kiev, nuestros intelectuales liberales y los de Occidente ayudan a fundamentar entre los participantes en los pogromos la impunidad moral, e incluso lo «correcto» de sus acciones. Y esto significa que a un pogromo le sucede otro.
Toda brutalidad y pogromos serán encubiertos y justificados, o emborronados. Todo acto de oposición será presentado bajo la forma de violencia injustificada, y después será utilizada para fundamentar nuevas represiones. Naturalmente, la verdadera situación es bien conocida no solo por la sociedad rusa, sino también por partes importantes de la población ucraniana. Y cada día que pasa la comprensión de esta realidad llega a más número de súbditos del gobierno de Kiev, el cual apenas consigue engañar a sus ciudadanos, quienes temen no solo la división del país en una guerra civil sino a la política económica del gobierno. Sin embargo, tiene una gran importancia la opinión pública de Occidente. Y cuanto antes la política ucraniana de la élite europea y norteamericana empiece a chocar con la oposición masiva en sus propios países, más cercano estará el fin del régimen de Kiev.
Hoy es muy necesario que los activistas del Sur-Este insurgente no caigan en provocaciones, no se deslicen por una espiral de venganzas mutuas y atrocidades. Y no porque los quemados en Odessa y Mariupol no merezcan ser vindicados. Lo merecen y mucho. No se trata de que la vindicación deba tomar la forma de veredicto judicial -en la vida real la justicia casi nunca triunfa en un juicio-. Pero la lógica de la venganza es un mal consejero en la lucha política, en la insurrección, la cual moviéndose por esta vía se desorganiza, pierde sus bazas morales.
Tanto más cuanto en las mismas filas insurrectas está lejos de ser todo irreprochable. La revolución real no se parece en nada a las bellas imágenes que ilustraban los manuales soviéticos. La degradación social y cultural de muchos años de la sociedad no pasa en vano y solo podemos sorprendernos por la pequeña cantidad de excesos cometidos hasta el momento en las regiones insurrectas. En cualquier movimiento espontáneo masivo hay siempre multitud de gente con motivaciones muy diversas y distintos niveles culturales y morales. Incluso entre los líderes de la insurrección inevitablemente aparece gente accidental, que se suben a la cresta de la ola, pero completamente inútiles para la dirección política, sin saber claramente dónde y cómo ir. Si la insurrección sobrevive y crea sus propias estructuras locales eficientes, si se forman auténticos órganos de poder, inevitablemente cambiará la composición de sus dirigentes: alguno se apartará a un lado, aparecerán nuevos líderes surgidos de los ulteriores desarrollos de los acontecimientos, alguno se venderá y alguno pasará por la escuela de la práctica política, evolucionará y será completamente distinto de como era antes.
Incluso la comparación entre las repúblicas de Donetsk y Lugansk muestra diferencias esenciales. Si en Donetsk vemos un proceso gradual, aunque no siempre con éxito, de formación de nuevos órganos de poder, en Lugansk permanecen en primer plano comandantes de campo de dudosa reputación. Y según palabras de los propios activistas del movimiento popular, esta gente presenta no menos peligro que los militantes del «Sector derecho» o la Guardia Nacional.
Ninguna insurrección triunfa si su único objetivo es la venganza o librarse del poder del tirano: es necesario al menos que la misma sociedad tenga una visión del futuro que desea. En el espacio de algunas semanas los participantes de la oposición creyeron que ganando el referéndum inmediatamente habrían superado la situación, confiando en el reconocimiento de Rusia, quien después, de una forma u otra resolvería el problema. Ahora, una vez ganado el referéndum, el problema sigue ahí, pero la ayuda de la élite rusa sigue siendo un torrente de bellas palabras y expresiones de simpatía. Sin embargo, al anunciar estar preparada para ser un sujeto político independiente, la República de Donetsk está obligada en la práctica a serlo. El movimiento debe tomar forma política, o morir.
Naturalmente, no se trata de la construcción bajo la bandera de un único partido de vanguardia: esto no pasó ni en 1917 (el mito según el cual los bolcheviques desde un buen principio lo dirigieron todo y lo controlaron todo fue creado por los historiadores del partido de los años 30). El movimiento es pluralista, incluye tendencias político-ideológicas diversas, y de ahí su fuerza. Pero es necesario construir un programa social, los fundamentos de estructuras organizativas y conocer las responsabilidades políticas necesarias. Esto no es algo que se pueda aplazar para mañana, a la espera de una salida de lucha armada, al contrario, es una de las condiciones necesarias para el éxito en esta lucha. Los eslóganes antioligárquicos se deben convertir en un conjunto de exigencias sociales concretas, y las vagas ideas de la república popular en decisiones concretas tomadas ya hoy.
Para concluir, la autoorganización ideológico-política es una condición necesaria para la garantía de la disciplina y el orden en las propias filas, una garantía contra los excesos de todo tipo, condición necesaria para que las acciones de los insurrectos tengan una efectividad, coordinación y orientación estratégicas. En este plano la izquierda ucraniana y rusa tiene una gran responsabilidad. No pueden y no deben cambiar por su programa, organización o ideología la propia organización o programa del movimiento, pero deben hacer su contribución a su formulación, aportar su conocimiento, experiencia política y autoridad (donde la tengan) al servicio del problema común, ayudar a la gente a comprender sus propios intereses sociales y ayudar a defenderlos.
Las armas son necesarias, pero la victoria la consiguen no solo las armas, sino también la disciplina, la organización y la estrategia política. Pertenece a Herbert Marcuse un excelente aforismo: «La revolución debe economizar la violencia». No negarse a ella, no caer en ilusiones pacifistas, pero utilizarla con cuidado y con inteligencia. La violencia es un instrumento de la política. Pero para que este instrumento sea útil y adecuado es necesario en primer lugar la política misma.
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