Podemos caer más bajo aún

Recuerdos de hace dos y tres décadas. Discutíamos como si nos fuera la vida en ello. Sobre todo de política. Por aquél entonces lo más posmoderno se comenzaba a vislumbrar, el fortalecimiento del individuo tecnológicamente iluminado. El nuevo sujeto parece haberse ya configurado. El resultado, uno que puede hablar y arremeter contra cualquier interlocutor sin el más mínimo aprecio y sin el consentimiento del conocimiento. Lo que importaba era universalizar determinadas conductas y opciones, todas ellas ofrecidas como simulaciones perfectas a través de las nuevas tecnologías.

Breve inciso. Ya por aquellos años (polemizando nuevamente), procurabas sostener la idea de que vivíamos desamparados de cualquier sistema que pudiera llamarse democrático y te sumergían en el pozo más próximo sin opción siquiera a sacar la cabeza para poder volver a insistir en ello. Negacionista prematuro diría más de uno. Quienes me conocéis sabéis perfectamente de mi vehemencia y pesadez, sobre todo con algunos temas que se me resisten (bueno, he de matizar que quien se me resiste en realidad es el conjunto de la sociedad; un drama insuperable para un sociólogo romantizado), y lejos de esconder esos gestos de personalidad polarizada…, sigo en ello, intentando encontrar alguna razón para desplegar las cortinas de la vida.

Siempre ha habido temas tabú, o dificultades para el desacato ante la autoridad institucional. Los punkis saben mucho de eso. Hoy procuras sostener cualquier idea y te arrinconan en el confinamiento, en la censura o eres protagonista de una lapidación verbal. Seguimos lidiando con la controversia, pero las cosas se han desvirtuado mucho. Las cosas…, y las formas.

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Las sociedades son constructos de larga fermentación, necesitan mucho tiempo para avanzar y mucho más tiempo aún para transformarse. Los cambios no se producen de un día para otro, y es impensable poder sostener, por tanto, que los aspavientos políticos y la creencia de que últimamente los partidos están dejando tras de sí cierto olor a podrido sea efecto de una repentina efervescencia llena de superficialidad. No. La superficialidad ya se instaló cuando murió Franco, o lo que es lo mismo, el sistema ya se encargó de colarnos un gol mostrándonos el maquillaje cultural de la movida madrileña y sus efectos colaterales, subvencionando a personajes por encima de las ideas, elevando a los altares la vivencia de la noche y escondiendo a buen recaudo las voces discordantes. Siempre era mejor impulsar a Alaska con su propuesta estética nada antibelicista que financiar el próximo disco de Cicatriz en la Matriz. O era mucho más rentable financiar a Almodóvar y todo su séquito que promocionar a la patrona de los mineros.

El poder entiende mucho de ésto. Peor aún, es de lo que más sabe. Lleva tanto tiempo instalado en su sillón que aprendió perfectamente cómo proseguir en su feudo mostrando señuelos a sus súbditos. Y el éxito es tan obvio que la izquierda ya ha llegado a confundir el anzuelo con sus objetivos, hasta el punto de desorientarse y perder totalmente el rumbo. Quizás tengamos que remontarnos a principios de los ochenta para señalar de algún modo esa línea divisoria, en la que de un modo u otro las nuevas generaciones se perdieron, irremediablemente. La transición cultural ha llegado a su fin, y ha cumplido su papel. La neurolingüística* del capitalismo y todo su engranaje social son la base del pensamiento, el individualismo su raíz anclada a la tierra y su nihilismo y supuesta búsqueda de libertad el vehículo donde se instalan los nuevos corazones polvorientos

El caparazón de esta estructura social (durante la transición) la conforma una política deshilachada pero beligerante desde la trastienda. Por aquellos mismos años (y no es casual) ya nos sometieron al músculo de la violencia y las fuerzas militares y, desde entonces, no se ha hecho más que promover el miedo y las guerras. Para ello, ha habido un distanciamiento continuo de la praxis ideológica, una fusión dentro del mercado y, lo más importante, una desmembración radical del lenguaje y de los discursos. Amputaron a las palabras su verdadero significado y, con ello, lastraron las aspiraciones de tan siquiera poder llegar a entender lo que éstas deberían contener. Una de esas palabras es, sin duda alguna, el término “democracia” (basta con llegar a analizar cómo nos sometieron los medios para que la consideráramos en paralelo al “impecable y sacrificado trabajo” que el rey hizo por ella). Risas.

A día de hoy sería muy difícil para alguien ajeno a los estudios políticos poder descifrar su contenido, a no ser claro está, de que lo llenara con expresiones totalmente incongruentes con la realidad que habitamos. Esto es, se insistiría por ejemplo en una representatividad inexistente, en unos medios de comunicación incapacitados para vigilar las arbitrariedades de los gobernantes, en un marco social donde el protagonista sería el desmesurado control, en unos sindicatos alejados de la lucha de los más débiles, en una justicia subordinada al capital, en unas elecciones donde la participación sería irrisoria, en una separación de poderes que vete tú y sé capaz de defenderla y en un tejido social alejado completamente del compromiso y de la justicia. Y siendo en ese contexto donde deberíamos darle sentido a la existencia de la democracia, no nos quedaría más remedio que determinar, sin miedo alguno y sin ambigüedades, que está muerta.

Y lo mismo sucede con otras muchas acepciones, que se han disuelto sin que tan siquiera una mayoría de la población pudiera llegar a comprenderlas o reconocerlas. Y lo que es peor, las desestiman sin tan siquiera saber lo que encierran. Comunismo, socialismo, emancipación, ecologismo, revolución…, son realidades en desuso o maltratadas con prevaricación.

Es tal la mediocridad instalada en los procesos de socialización política que hasta uno de las supuestos pilares de la democracia, como es el sufragio universal, está completamente contaminado. Nos hacen creer que ir a votar es primordial, y ni tan siquiera nos educan en ello, ni tan siquiera se sabe cómo son los procedimientos o cómo funcionan las instituciones. ¿Quién conoce cómo se distribuyen los votos, cómo se contabilizan, qué significa el voto en blanco, cuál es la representación del Senado y su significado, en qué consiste y qué proyección tiene una iniciativa legislativa popular, cómo se financian los partidos, cómo se asignan las concesiones a los medios, qué es la Ley D’Hondt, cómo se legitima la violencia del Estado, hacia dónde y cómo se derivan los presupuestos generales, quién elige a los miembros de la Comisión Europea, cómo se establecen algunos tratados internacionales, qué repercusiones tiene ser miembro de la OTAN, o quién diablos maneja tu barca?. No te preocupes, en las democracias modernas no es necesario saber cómo funcionan para que te adhieras a ellas; perteneces a su familia política desde el mismo momento en que vienes a este mundo y, con eso, ya es suficiente. Y como toda familia, está encerrada en sus propios traumas.

Todo ello no significa que hace un siglo la ciudadanía supiera diferenciar mejor los diferentes regímenes políticos y lo que les caracterizaba. No. Todo ello significa, sencillamente, que nos quieren hacer creer algo que no es, algo que viene gestándose desde hace un tiempo y que tiene su origen en la perversa consolidación del capitalismo en nuestras vidas. Un modelo desde el cual poder observar el mundo, sin más. Aunque en realidad, más que un modelo de observación lo es de imposición (que se lo digan sino todos esos países que han ido cayendo, uno tras otro, en las fauces del Fondo Monetario Internacional y del Banco Mundial).

Cada Estado ha tenido su propio recorrido. España ha hecho honor a su afición a la pandereta y cada semana asistimos a innumerables acontecimientos dignos de la inteligente obra de Valle-Inclán. Por ello no nos deberían de sorprender todas esas calamidades instaladas en nuestro patrimonio político, y no deberíamos de analizarlas como supuestos yacimientos de reciente creación. Tal y como hemos manifestado al principio, se necesita tiempo, mucho tiempo, para poder construir modelos de sociedad. Y el nuestro viene de atrás, de muy atrás, y ahora solo estamos asistiendo al resplandor de su avara gestión desde la mal llamada transición.

Como decía, cada semana, los representantes de las multinacionales nos llevan en volandas por las autopistas del despotismo. El abuso es, generalmente, lo que caracteriza a nuestras formas de gobierno. Es igual que analicemos el funcionamiento de la Unión Europea o que hagamos lo propio con el del gobierno español. Todos están infectados hasta la médula, y todos son protagonistas de historias inolvidables.

La última y más emocionante acaecida por estos lares no ha sido la protagonizada por los díscolos navarros o por el somnoliento diputado cacereño del PP. Eso forma parte ya del enquistado legado donde se instaló la política hace ya mucho. Tampoco lo es la furibunda reacción de Pablo Casado o Cuca Gamarra al resultado de la votación. No. Hay un acontecimiento mucho más nocivo, mucho más inverosímil, y mucho más pernicioso.

Hace pocos días asistimos a una votación en el Congreso. El Gobierno, progresista (otra de las palabras a las que se le ha amputado su verdadero significado) ha cometido no un desliz, sino un peligroso giro en su proceder que va a traer consecuencias muy desagradables.

Creo que fue el 01 de febrero. Carolina Darias consiguió que se convalidara el decreto ley aprobado en diciembre para hacer obligatorio el uso de la mascarilla en exteriores, y ampliarlo por un tiempo. Eso si, lo consiguió de un modo un tanto particular. Se incluyó en el mismo texto la revalorización de las pensiones con el IPC de 2021, de tal modo que no quedaba más remedio que votar sí o no a las dos opciones conjuntamente. Son muchos los calificativos que nos saldrían para describir esta situación, y ninguno de ellos agradable.

Este proceder no solo añade un elemento más de desprestigio a las formas de hacer política, también nos ayuda a subir un peldaño y así observar mejor los lodazales de la democracia. No se trata solo de una tomadura de pelo, de mezclar churros con merinas, sino de seguir fomentando modos de gobernanza de espaldas a la lógica implementada por cualquier tipo de justicia. No se trata de ninguna nimiedad.

Por un lado, se ríe de los derechos adquiridos por los pensionistas y de sus últimas luchas. Y hace saber a este grupo, sin tapujos, que lo que verdaderamente importa es forzarnos de cualquier manera a ponernos la mascarilla, y que sus peticiones, por sí solas, no son lo suficientemente importantes como para tratarlas con el rigor que merecen. Esta crítica que hago ha pasado absolutamente desapercibida, no así el hecho en cuestión.

Por otro lado, nos deja constancia de que parece haber detrás de las “políticas sanitarias” extraños argumentos, sin informe alguno, y con consecuencias para toda la ciudadanía. Extrañas formas de actuar que bien pudieran estar dirigidas por otras manos o industrias u objetivos o me es absolutamente igual. Lo importante, es lo importante. Un Gobierno que “necesita” acudir a estos modos de operatividad antidemocrática han de esconder otros objetivos.

Y, por último, lo acontecido crea un precedente peligrosísimo, y nos deja a toda la ciudadanía a pie de los leones y ante cualquier tipo de tropelía con la que nos quieran castigar. ¿Os imagináis que en la próxima legislatura los partidos en el poder quieran meternos con calzador cualquier ley del gusto de unos pocos y, para ello, lo hagan comprometiendo a los sumisos habitantes del Congreso a cualquier desafío? ¿Lo imagináis? ¿Quien va a poder decirles entonces que eso es una absoluta arbitrariedad que no tiene sentido alguno? ¿Quién va a poder parar esta temible maquinaria?

Desde luego, nuestro sistema político, no. Lo estamos viviendo desde hace muchísimo tiempo. Un proceso político completamente desmarcado de lo que, supuestamente, debería ser cualquier democracia. El progresismo español acaba de hacer un flaco favor a la política y a la sociedad en su conjunto. Nos acaba de asestar un duro golpe. Y mientras, quieren que nos pongamos la mascarilla, probablemente para dificultar nuestra capacidad de olfatear los desmanes de sus políticas.

Y lo más triste es que podemos caer más bajo aún.

(Subrayo. *Nuestro cerebro almacena información y experiencias (aprendizajes). Parte de ese proceso se realiza a través del lenguaje y la comunicación. El proceso lo pueden modificar, y alterar con ello hasta el sentido de nuestras vidas.)

A cuidarse!

OTAN NO, Bases Fuera

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2 comments on “Podemos caer más bajo aún
  1. Fantástico análisis, que hay que leer con detenimiento. No deja cabo suelto. Las maniobras del poder no tienen límite. Todo es un teatro. Ni hay democracia ni hay izquierda, «que ha llegado a confundir el anzuelo con sus objetivos», y lo de la plandemia (agenda 2030) es bastante sospechoso… Y si los medios de comunicación eran imprescindibles para tener a raya al poder…pues se les infla a subvenciones. Muchas y gruesas (¿Es cierto que Macrón ha destinado tres mil millones de € para controlar todos los medios?) Para que nada faltara, quedamos atónitos cuando el gobierno metió en el mismo saco la mascarilla con la revalorización de las pensiones. Está todo dicho con esta maniobra. Aunque, como reza el titular, podemos caer aún más bajo.

  2. Muy buen análisis. Me gustan las reflexiones de introducción, las sociedades son constructos de larga fermentación, necesitan mucho tiempo para avanzar y mucho más tiempo aún para transformarse. Este es el punto de partida correcto, a mi entender, para hacer un enfoque certero de la situación que estamos atravesando, de desmontaje del estado y de la sociedad: cultura, sanidad, pequeña y mediana empresa, creencias, educación… Lo van vaciando todo de valores, mientras el poder nos muestra señuelos, de libertad, de ciudadanía, de modelos sociales, para desviar nuestra atención en el sentido conveniente. No hay más que ver a esa izquierda histórica, que aún no se ha enterado de que ya no se trata de “lucha obrera”, sino de combatir una maquinaria infernal puesta en marcha para acabar con todo, y con todos (élite aparte). Nos encontramos en caída libre, aunque podemos caer aún más bajo, dándonos de bruces con un estado totalitario, en el que es evidente que nos encontramos desde hace tiempo. La censura y la pérdida de derechos se han implantado como modelo oficial, y a todos los niveles.
    El pretexto para esta voladura controlada de la civilización ha sido el covid-19, que ya anunciaran desde Kissinger hasta Bill Gates, pasando por Klaus Martin Schwab, presidente ejecutivo y fundador del Foro Económico Mundial, ese delincuente de altos vuelos que está dispuesto a convertirnos en robots. El objetivo es la mal llamada vacuna, obligatoria ya en algunos lugares como Austria y Australia. En ello están. El miedo es el mejor aliado del poder. Y si se compran los medios, los pones a tu servicio y mantienes a la población permanentemente asustada, que es lo que está sucediendo. El globalista Macrón va a destinar tres billones de euros, que darían para construir varios necesarios hospitales. Pero le va a resultar rentable para sus fines.
    El tema da para hablar largo y tendido. Y lo de mezclar las mascarillas con la revalorización de las pensiones es tan escandaloso que cuesta creerlo. Lo extraño es que apenas si ha tenido respuesta.

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