Objetivo inmediato de la invasión de Al Saud a Yemen y su meta final

Yemen

Fuente: Resumen Latinoamericano/Pablo Jofré Leal/HispanTV, 1 de abril de 2015

– La agresión contra el pueblo yemení, liderada por Arabia Saudí, tiene un objetivo inmediato: destruir al Movimiento Popular Ansarolá y como meta final, que ha comenzado poco a poco a develarse, contender contra la creciente influencia de Irán en Oriente Medio.

Ese ascendiente sobre sociedades de Oriente Medio ha sido ganado por el apoyo efectivo que Irán otorga a la lucha contra los movimientos terroristas de raíz takfirí, que asolan las sociedades de Siria e Irak, que se han enquistado en Yemen. La concreción de esta política iraní, a diferencia de las otras potencias de la zona como Arabia Saudita, el régimen de Israel y Turquía, no se basa en la agresión a sus vecinos o la imposición de políticas hegemónicas. Esto, a pesar de la enorme campaña mediática internacional que pretende mostrar a un Irán belicista a partir de la decisión soberana de continuar con su Programa de Desarrollo Nuclear al amparo del Tratado de No Proliferación (TNP) y que tiene su ámbito de conversaciones entre Irán y el denominado Grupo 5 +1.

Conversaciones que han sido torpedeadas tanto por Arabia Saudita como por Israel, que ven en la posibilidad de concretar estos acuerdos, el fin de las sanciones a Irán y con ello la elevación del prestigio persa y la elevación de sus capacidades económicas, tecnológicas y afianzamiento de su papel como potencia regional. Irán es signatario de TNP a diferencia del régimen de Israel que no sólo no ha firmado esta Convención, sino que además impide la visita de inspectores de la Agencia Internacional de Energía Atómica (AIEA) y desarrolla una política de ocupación de territorios palestinos y de continua agresión y amenazas en Oriente Medio.

La monarquía saudí considera a Irán su principal rival en Oriente Medio, desde el momento mismo que se conforma la República Islámica de Irán el año 1979 tras el derrocamiento de la monarquía de los Pahlevi. Antagonismo que cuenta con el concurso de dos socios principales: Estados Unidos y el régimen de Israel. Esto, pues la Casa Al Saud ha creado, a lo largo de las últimas 5 décadas, con el régimen de Tel Aviv y Washington una estrecha alianza política, militar destinado a impedir el desarrollo de una política de influencia de Irán o cualquier otra potencia, que no vaya de acuerdo a los objetivos hegemónicos de la triada Washington-Tel Aviv-Riad.

Por otra parte, la alianza Wahabita-Sionista ha desatado los demonios de la guerra y el surgimiento de movimientos terroristas cuya doctrina takfirí se encuentra en las madrasas sauditas repartidas por Oriente Medio, Paquistán y Afganistán. Con un flujo generoso de petrodólares que busca crear una base salafista que actuará allí donde las autoridades del régimen de Tel Aviv y Riad señalen como necesario, para concretar sus objetivos políticos. Alianza que se manifiesta, en su real dimensión, con el abandono a la causa palestina, la creación de grupos terroristas takfiríes que suelen ser la punta de lanza de la política exterior saudí contra Irak y Siria y la decisión de derrocar al Gobierno de Bashar al-Asad financiando a EIIL (Daesh en árabe) Al-Qaeda y sus distintas facciones en el Magreb, Yemen, Afganistán y otros zonas del mundo, incluyendo a Paquistán y ex repúblicas de la ex Unión Soviética.

Un despacho estadounidense del año 2010 (el denominado documento nº 242073) enviado por la ex Secretaria de Estado Hillary Clinton), bajo el primer mandato de Barack Obama; a sus embajadas de Riad, Abu Dhabi, Doha, Kuwait e Islamabad confirmaba la implicación de Arabia Saudita en la formación y financiamiento de los grupos terroristas takfiríes “los donantes de Arabia Saudita constituyen la fuente más significativa de financiación de los grupos terroristas suníes en todo el mundo… aunque Arabia saudita se toma muy en serio la amenaza del terrorismo interno… este país continúa siendo una base de apoyo crítico para Al-Qaeda, los talibanes, Lashkar e Tayba y otros grupos terroristas, que probablemente recaudan millones de dólares anualmente de fuentes saudíes, a menudo durante el hach y ramadán”.

Estados Unidos ha tratado de desarrollar una política de contención a este apoyo tan desembozado y así lo ha expresado a Riad, sin embargo las propias dinámicas internas de este régimen, sobre todo de los miembros de la familia Al Saud, más radicales, permite concluir que dicho apoyo al terrorismo no cesará, como tampoco sus propias misiones militares destinadas a agredir a aquellos países que considera como su patio trasero: Baréin y Yemen principalmente.

Esa política belicista tendrá sí o sí que revisarse no sólo a la luz de su creciente déficit presupuestario, tras la decisión de bajar los precios del crudo en aras de sus objetivos estratégicos, sino también en virtud de las crecientes presiones políticas internas de una población con altos índices de desempleo – sobre todo en la juventud – y las tensiones externas derivadas de la acción de los grupos takfirí, hijos putativos de la Monarquía Saudí, que más temprano que tarde tendrá que enfrentar sus responsabilidades. Se une a lo anterior la última y más equivocadas de las decisiones tomadas por Riad: la agresión contra Yemen.

Una tormenta de muerte y destrucción

Yemen, se sitúa en una zona geográfica y de navegación estratégica donde se transporta el 40% de todo el petróleo que consume el mundo europeo. Es también zona de influencia de la V Flota estadounidense del Golfo Pérsico con base en Baréin y los sectores bajo su vigilancia y acción: el Cuerno de África, Golfo Pérsico, Asia Central, Oriente Medio y la zona sur africana. Con una población fundamentalmente creyente en el Islam, se divide en un 52 % de confesión sunita y un 46% chiita. Es una zona donde operan movimientos de raíz takfirí como es el caso de Al-Qaeda de la Península Arábiga y el grupo Aden Abyan Islamic Army.

La corrupción, el sometimiento a las políticas occidentales en el marco de la “guerra contra el terrorismo” la función de hacedor de las políticas de Riad para la Península unido a las operaciones con drones contra la población yemení fueron aislando cada día más al régimen del derrocado expresidente Ali Abdolá Saleh, que gobernó entre los años 1990 y 2012, como también a su sucesor Abd Rabbu Mansur Hadi. Mandatarios que operaban no en función de sus pueblos sino que bajo la influencia saudí y sus intereses regionales. Para el estudioso en temas relacionados con Oriente Medio, Guadi Calvo “la mediática e instrumentada primavera árabe contó a Yemen como un daño colateral, una víctima no deseada”.

En ese marco la lucha del movimiento popular Ansarolá, las divisiones internas dentro del núcleo gobernante y las crónicas rivalidades entre el norte y el sur, tejieron el camino para el alzamiento de su población contra gobiernos incapaces de lograr el bienestar de sus pueblos. A los factores derivados de un país con dificultades económicas: con altos índices de desempleo, malnutrición, un desarrollo económico insuficiente para las necesidades de sus 25 millones de habitantes, hay que unir aquellos componentes relacionados con la lucha política, ideológica y religiosa en la que está sumida Yemen, que forma parte de la confrontación mayor entre un Irán que exige respeto en su condición de potencia regional y un Estados Unidos que apoyado en la alianza Sionista-Wahabita trata de mantener su hegemonía en la zona.

El analista iraní Rasul Gurdarzi sostiene que “Yemen tiene una gran importancia para Arabia Saudí, como también para Estados Unidos, tanto por su situación geográfica como por el hecho de los actores involucrados. El patio trasero de una Casa Al Saud, donde no quiere perder influencia y donde Ansarolá sea por su situación estratégica: está rodeado por el Mar Arábigo, el golfo de Adén y el mar Rojo. Riad es un actor de mucho peso, que no considera al territorio yemení como el de un país extranjero, sino como su patio trasero, por lo que no quiere perder su influencia. La llegada al poder del movimiento popular Ansarolá en Yemen, debido a sus diferencias ideológicas y religiosas con los saudíes, supondría una amenaza para esta influencia…”.

Arabia Saudita teme el triunfo de Ansarolá pues ve en ello la ampliación de la influencia iraní en la zona sobre todo con un acurdo sobre el programa nuclear de la nación persa que está ahí, a puertas de concordar posiciones y decisiones. Para impedir ese triunfo de Ansarolá la excusa esgrimida por Riad y sus aliados ha sido “acudir a la llamada de auxilio del presidente Hadi” y comenzará a bombardear cuanta posición, ciudad, asentamiento o sitio donde Ansarolá pueda estar, sea éste real o imaginario. Sumando en esta misión a la Liga Árabe a los crónicos intervencionistas occidentales como Francia, Inglaterra e incluso al régimen sionista. La idea es generar terror en la población Yemení, presenta como culpable de sus desgracias a Ansarolá a Irán pero no a los verdaderos agresores.

La idea es dar una clara señala que la presa no se escapará de las manos de la Casa Al Saud, que considera a Yemen su patio trasero. Y si es necesario cortar de raíz toda maleza o hierba considerada contraria al “verde césped wahabita” Riad está dispuesta a utilizar todo su poderío bélico y el lógico veto de sus aliados de Washington, Inglaterra y Francia en el seno del Consejo de Seguridad. El plan parece estar funcionado a la perfección pero con un gran inconveniente: la dura y clara respuesta de las fuerzas del movimiento popular Ansarolá que ha puesto un freno a los fanes agresivos de Arabia Saudita que ahora no sólo se está planteando bombardear sino también incursionar mediante operaciones terrestres lo que augura no sólo un aumento en el número de muertos , heridos y destrucción, sino también la posibilidad que la guerra se traslade a suelo saudí: la peor pesadilla para los 3 mil miembros de la Casa Al Saud.

La operación liderada por Arabia Saudí, Asifat al-Hazm “Tormenta Decisiva” al mejor estilo de las intervenciones estadounidenses en la zona, busca consolidar la hegemonía que la monarquía wahabita, junto a su aliados del régimen de Tel Aviv y Washington han mantenido en los últimos 50 años y que está siendo amenazada por levantamientos sociales que buscan derribar estructuras monárquicas arcaicas y gobiernos títeres de las grandes potencias. Arabia Saudí ataca un país soberano y la comunidad internacional no reacciona. La Casa Al Saud asesina civiles, destruye ciudades y el Consejo de Seguridad se mantiene mudo. Esa es una muestra del doble rasero, de la doble moral de una comunidad internacional que se mueve al ritmo de los poderosos y donde hemos visto que sólo la voz de Irán en la región se ha levantado condenatoria.

El papel de Irán

La política del silencio de occidente y el apoyo de la Liga Árabe, el régimen de Israel y Estados Unidos es la política de la hipocresía que hoy se materializa en Yemen, donde se justifica el crimen, la intervención y la destrucción de un país porque se ha solicitado la intervención extranjera, ocultando que al mismo tiempo que se quiere destruir al Movimiento Popular Ansarolá, se desea detener el apoyo que Teherán ha dado a los movimientos que efectivamente combaten el terrorismo takfirí, el mismo que es sustentado por los petrodólares sauditas.

Irán y su trabajo de lucha contra los grupos takfirí, su decidida política de independencia frente a todas las grandes potencias lo sitúan como una potencia regional con la que se debe contar sí o sí en materia de lograr la paz y estabilidad de esa zona del mundo. Israel, que no pierde oportunidad de criticar a Irán o buscar alternativas de atacarlo dio todo su apoyo a la Coalición liderada por Arabia Saudita en su agresión contra Yemen. Para el primer ministro israelí “Irán pretende ocupar, a través del Movimiento Ansarolá gran parte de Yemen y así controlar el estrecho de Bab el-Mandeb, al suroeste de Yemen, lo que cambiará la balanza de la navegación marítima y el suministro mundial del petróleo”. Contradictoria afirmación, porque quien agrede militarmente, quien bombardea territorio yemení, incluso con aviones israelitas y apoyo de inteligencia del régimen sionista es precisamente la Casa Al Saud, que probablemente tiene como apoderarse de Bab al-Mandeb.

El Gobierno iraní ha exigido el cese inmediato de los ataques contra Yemen bajo la consideración que viola la soberanía de Yemen sin más, resultados que derramar sangre y que sólo servirá a los intereses de los movimientos takfiríes. Para la Unión Europea, que ha sido más cauta que su socio estadounidense “la acción militar liderada por Arabia saudita no es la solución a la crisis yemení. La jefa de la diplomacia de la UE, Federica Mogherini afirmó que “los últimos acontecimientos agravan la ya frágil situación en el país y el riesgo de tener graves consecuencias regionales. La acción militar no es una solución a la crisis que vive Yemen. Sólo un amplio consenso político en las negociaciones puede proporcionar una solución sostenible, restaurar la paz y preservar la integridad y unidad territorial en Yemen”.

La intervención de Arabia Saudita se inscribe en la defensa de sus intereses regionales, la propagación del Wahabismo y la intensificación de la represión contra todo movimiento que se proponga generar aires de libertad. Así sucedió en Baréin, donde la Casa al Saud intervino con puño de hierro sin que occidente levantara su voz de condena. La monarquía saudí ha intervenido política y militarmente en Bahréin, temeroso que la influencia de la lucha en este pequeño país, se expanda a otras latitudes como ha comenzado a suceder.

Las operaciones de bombardeo impulsadas por Arabia Saudita sin autorización alguna de organismos internacionales, por más que se le pretenda dar cierta legalidad tras la Cumbre de la Liga Árabe de los días 28 y 29 de marzo en Egipto, son violatorias del derecho internacional. Esos bombardeos demuestran que no se pretende restaurar a un gobierno ilegítimo como el de Mansur Hadi, sino que influir sobre las negociaciones que se llevan a cabo entre el G5+1 e Irán, sacar del centro de la noticia la ineficacia de las operaciones militares de la llamada Coalición Internacional Contra Daesh en Siria e Irak y, sobre todo seguir en estos intentos de cercar a Irán y hacerla responsable de los problemas que aquejan a Oriente Medio.

El sangriento juego geopolítico llevado a cabo por la triada Washington-Tel Aviv-Riad han desviado sus dardos mediáticos y políticos a la Península Arábiga, pretendiendo delinear lo que se debe o no condenar, a qué gobiernos por más totalitarios que estos sean se deben defender bajo la excusa del respeto a la legalidad y, sobre todo, seguir creando condiciones que permitan mantener una hegemonía desde el Magreb a Oriente Medio, que se desmorona día a día y que se mantiene en pie gracias a la muerte de decenas de miles de sirios, palestinos, yemeníes, iraquíes, bahreiníes y libios.

Si para concretar los afanes hegemónicos de las grandes potencias y sus aliados regionales, especialmente Arabia Saudita y el régimen de Israel hay que incrementar el genocidio de los pueblos que se oponen a sus designios, apoyar a grupos terroristas takfiries: Daesh, Al-Qaeda en el Magreb, Al-Qaeda en Península Arábiga, Ansar al-Dine, Al-Shabab, Boko Haram entre otros, como lo han hecho hasta ahora en una labor hipócrita y criminal, lo seguirán plasmando con todo el costo humano que ello conlleva. Esto, pues en esa zona del mundo los intereses energéticos, ideológicos, políticos y religiosos se conjugan bajo los nombres de petróleo, gas, neocolonialismo, Wahabismo y Sionismo en una amalgama cuyas víctimas principales son las sociedades del Magreb y Oriente Medio pero sin perder de vista la presa mayor: Irán.

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