La tregua revela el alcance destructor de la ofensiva israelí en Gaza

 

 

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FUENTE: Diariodeurgencia

YA VAN 1.050 PALESTINOS Y PALESTINAS ASESINADAS,  MÁS DE 6.000 HERIDOS, Y LA MALDITA COMUNIDAD INTERNACIONAL SIGUE EN CONCILIÁBULOS


La comunidad internacional pide a las partes que extiendan el alto el fuego humanitario

Miles de vecinos tomaron ayer las calles de Gaza durante las 12 horas de alto el fuego entre Israel y las milicias palestinas. Los desplazados de las zonas que eligió Israel para invadir la Franja aprovecharon la pausa para buscar a sus muertos o para rescatar algo de valor en las cordilleras de escombros dejados por una semana de bombas israelíes. De Shiyaiya, un barrio al este de Gaza, y de Beit Hanún, una ciudad al norte, solo quedan ruinas: sus calles son impracticables, sus talleres están abrasados, sus casas están hundidas y su ganado se pudre al sol. El edificio de tres pisos de la familia Yandiye, una de las mayores de Shiyaiya, dejó lugar a un enorme cráter en el que familiares con aspecto anonadado trataban por la tarde de salvar algo útil: ropa, zapatos, algún avío de campo. No quedaba nada.

Un chico de la familia que no quiso dar su nombre comentó que, al menos, no les había tocado buscar muertos.

Los El Helu tuvieron menos suerte. Unas calles arriba, en un recodo tras las ruinas de la vía Al Nazaz de Shuyaiya, una docena de hombres hurgaba a mediodía entre los cascotes en busca de diez parientes sepultados por dos pisos de hormigón. El polvo gris manchaba la ropa, la barba y el pelo de Issam el Helu, que señalaba ayer una gran placa de cemento hundida: “Debajo está mi hermano Yihad”. El domingo pasado murieron allí sus tres hermanas junto a Yihad, su esposa Siham, dos de sus hijos, una nuera y sus tres nietos: Mara, de 2 años y los gemelos Karam y Karim, de cinco meses. Se refugiaban en la sala de estar de unos vecinos. Issam señaló hacia el este, donde acechaban los tanques de Israel. Cuenta que Yihad se creyó a salvo en casa de sus amigos y  vecinos, 100 metros más al oeste y aparentemente resguardada de los proyectiles. Issam sonreía al contar que “murieron en la casa más segura”. Un sobrino llamado Ibrahim sonreía también: “Da igual, porque dos días después también reventaron la suya”.

La tregua de 12 horas sirvió para encontrar 132 cadáveres en los escombros de Gaza. La cifra total de muertos palestinos alcanzó, así, los 1.032. Más de tres cuartas partes eran civiles. Unos 200 eran niños. Israel, donde han fallecido tres civiles por los cohetes de Hamás, anunció la baja de su cuadragésimo soldado en esta operación militar que ya dura casi tres semanas.

Un vecino llamado Hassan señalaba la serie de casas hundidas en el barrio: “Son lápidas y Gaza es un cementerio”. Con ayuda de una excavadora municipal y tras nueve horas de busca, Issam el Helu y sus parientes encontraron por fin a sus 10 familiares perdidos para darles sepultura digna, una semana después de que el misil de un F-16 israelí los matara en la sala de estar de unos amigos.

Hace una semana, el ganadero Mohamed Abu Asha pensaba en acercarse al frente con su carro de mulas y una bandera blanca para salvar 100 vacas del avance de los tanques israelíes. Ayer contaba que desistió de su empresa para quedarse en la cuadra que comparte con su hermano en Shiyaiya. Todas sus vacas murieron en el frente y, además, la artillería israelí mató casi todas las cabezas de ganado que su familia mantenía en el barrio: “Hemos perdido más de quinientas”. La granja era el sábado un pudridero al aire libre de vacas despanzurradas por las granadas israelíes. Las vivas sangraban por heridas de metralla. Cada vaca lechera, explica Asha, “vale unos 3.000 dólares” en Gaza. También se han quedado sin caballos y sin mulas, por las mismas bombas que destruyeron todas ordeñadoras eléctricas.

Shiyaiya, donde en tiempo de paz viven unos 100.000 palestinos, hierve de moscas carroñeras. En ese barrio dice el Ejército haber encontrado varios tuneles horadados por Hamás.

Como al este de Gaza, el avance israelí encontró alguna resistencia en la norteña localidad de Beit Hanún, cerca del paso fronterizo de Erez. Tiene unos 50.000 habitantes en tiempo de paz. El fuego artillero israelí se ha centrado allí estos últimos días. La destrucción es masiva. El pavimento está removido por el fuego y las cadenas de los blindados israelíes. Los edificios muestran grandes boquetes de proyectiles de los tanques. No queda un cristal en su sitio. Allí también se ven muchas casas hundidas. Vecinos como Mohamed Shawish intentaban apagar los fuegos que seguían quemando sus casas el sábado por la mañana. “Por ahí”, aclaraba señalando unas nubes de polvo en el horizonte, “se fueron los tanques israelíes; volverán en cualquier momento”. No muy lejos de su casa sin fachada se produjo el jueves una matanza en un refugio de la ONU para desplazados palestinos.

HORROR Y MÁS HORROR

Una infinita hilera de casas devastadas y esqueletos de hormigón —más de 1.800 inmuebles han sido destruidos por las bombas y más de 20.000 viviendas han sido dañadas por disparos según estadísticas palestinas— en los que cientos de personas se afanaban por salvar las pocas pertenencias que les quedaban. “Me costó años y miles de shekels levantar esta casa para mi familia. Todos nos ganábamos la vida en este taller”, explicó por su parte Maher, junto a las máquinas con las que él y sus cinco hijos sacaban adelante a una familia de veinte miembros cortando bloques de piedra.

Algunos kilómetros más allá, en el centro de Beit Janun, la foto se tornaba en un gris plomizo que reencarnaba con escalofriante realidad aquellas fotografías que aún nos recuerdan la Europa arrasada de la Segunda Guerra Mundial. Una instantánea que a media mañana olía al pútrido aroma de las decenas de animales —en su mayoría burros y caballos— muertos en aceras y carreteras y al acre de los cuerpos en descomposición tras días y días bajo los escombros.

“A nadie le preocupa que nos maten”, grita Hatem, un joven desempleado de apenas 24 años
“¿A quién le importan los pobres? ¿A quién le importan los palestinos? Tenemos la desgracia de ser pobres y palestinos, y a nadie le preocupa que nos maten”, gritaba a las cámaras Hatem, un joven desempleado de apenas 24 años. Espigado, moreno y con la barba tupida, extendía su ira más allá de la propia Franja y colocaba al presidente de Egipto, Abel Fatah al Sisi, en los primeros puestos de su lista de culpables de la actual masacre. “No solo Israel y Hamás. También el resto de países y Egipto, que permiten que estemos aquí, encerrados en esta cárcel desde hace siete años, sin un lugar al que huir”, afirmó.

Según cifras del ministerio gazatí de Salud, al menos 1.050 palestinos han muerto —en su gran mayoría civiles— y más de 6.000 han resultado heridos en ataques israelíes desde que el pasado 8 de julio el gobierno del primer ministro, Benjamin Netanyahu, ordenara una ofensiva contra Gaza. Cerca de 800 de ellos —incluidos más de 150 niños— han perecido durante la actual incursión terrestre, iniciada hace nueve días, en la que también han perdido la vida en combate 40 soldados del Ejército de Israel.

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