El trasfondo sionista de la reciente idea de pseudo-Estado palestino

gaza.

Fuente: Diario Unidad /Comitè Antiimperialista / Por: Manibal Sarkis y Tamer Sarkis Fernández

Introducción

Hace unas semanas diversos parlamentos europeos sorprendían a muchos con sus iniciativas de reconocimiento a un futuro Estado palestino, deriva que culminó en una proposición formal desde el estamento común de la Unión. En el amplio consenso mostrado a través de los noticieros, destacaba el Ministro español de Asuntos Exteriores, José Manuel García-Margallo, repitiendo en una declaración extra los elementos discursivos confluyentes de cada entrevistado. Podemos agruparlos en cuatro vectores básicos:

“Se trata del reconocimiento de un derecho” (apelación al principio de legitimidad en materia de Relaciones Internacionales y legitimación retroactiva de Israel);

“Bueno para el desarrollo de la región” (llave económica de apertura, que más abajo comentaremos);

“Así como para su equilibrio” (control sobre las contradicciones inter-actoriales regionales y funcionalidad que estas contradicciones presentan para el actor externo con voluntad de poder, a quien iremos desvelando);

“Será un elemento de estabilidad y de paz” (marco funcional indispensable a lo anterior).

A los días, nada menos que Barack Obama lanzaba una propuesta para la suspensión del tradicional veto estadounidense en la materia. Las iniciativas contrastan con el sintomático silencio mostrado a fecha de hoy por el muy filo-saudí Gobierno francés (articulador, en el reino árabe, de grandes inversiones monopolistas galas sobre todo infraestructurales). Algunos recuerdan el apadrinamiento francés que puso la primera piedra, en 1986, del proyecto de creación de un Estado con avanzadilla de apoyo en una Autoridad Nacional Palestina. Ésta hubo tenido a Francois Mitterand como anfitrión y maestro ceremonial en sus actos fundacionales. Pero mucho ha cambiado el lineamiento francés al interior de las contradicciones intestinas al sionismo, que degeneran ya en brecha antagónica entre concepciones reservadas a Israel y a su rol regional.

Hace pocos años el Departamento de Estado desclasificaba en Washington un documento de asesoría a la Administración estadounidense en materia de Medio-oriente. En él puede leerse un doble llamamiento de “higiene presupuestaria” y detección de nuevas trayectorias económicas en la región: 1) Israel es un saco roto del que se debe tomar cierta distancia si se quiere evitar romper también el saco provisor (obviamente sin abandonarlo); y 2) La estrategia política del Hegemonismo debe redefinirse tomando en consideración que, mientras la sociedad israelí es una sociedad en decadencia, las sociedades árabes albergan un potencial inexplotado de “desarrollo” cara a dinamizar inputs económicos estadounidenses. Pero en esta misma diatriba estratégica atravesando el campo de figuras de Estado que trabajan con la clase dominante estadounidense, Henry Kissinger iría mucho más lejos al declarar en una entrevista que “Israel será del todo inviable dentro de 15 años”. Se refería, ni que decir tiene, no a Israel en sí, sino a “Israel” tal y como se tiene acostumbrado a pensarle desde el propio propio Ejecutivo israelí y la ideología nacional-teológica devenida en ideología de Estado.

Este verano pasado, en plena escabechina orgiástica contra el pueblo palestino en Gaza por parte de un pos-sionismo israelí convencido de su misión exterminadora en pro de acelerar el desenlace yahvítico de la historia terrenal y del orden mundial, Netanyahu recibía la llamada telefónica de Obama. El último le espetaba a aceptar el plan de mediación propuesto conjuntamente por turcos y qataríes, a lo que respondía el primero: “Pero Turquía y Qatar son los máximos valedores de Hamas”. Obama, a su vez, le contestaba con toda una declaración de enfoque y, más importante, de trasfondo en el enfoque: “Yo tengo confianza en Turquía y Qatar”.

El proyecto de micro-Estado palestino se razona partiendo del Proyecto de Obama-Kerry-Hillary (junto a Biden, Bill Clinton, McCain, Brzezinsky, Kissinger) orientado a relanzar una economía estadounidense cuya balanza comercial se ha deteriorado en un 70% durante los últimos años, y que, en lugar de ser capaz de seguir exportando capitales físicos y así desarrollando, para su beneficio, a la principal fuerza productiva (el proletariado), va cerrando Unidades de producción por doquier y en casa propia. Los monopolios estadounidenses no pueden seguir “globalizando” desde el momento en que el aumento de masa de plusvalía ha dejado de compensar la masa de Capital adicional ampliable (o marginal). Recobrar la competitividad internacional demanda “nichos” económicos con rentabilidad propia de un “patio trasero”. De ahí la iniciativa de remodelar el Oriente Árabe, tomada por destacados gestores políticos de monopolios cuyos beneficiarios principales se cuentan entre “la judería” sionista laica de la Costa Este norteamericana. Medido a la luz de este rasero, un Israel “sin atadero” y dejado a sus anchas es, por su naturaleza bélica, el gran perturbador de la domesticación/pacificación diseñada, así como la gran amenaza territorial y “racial” para los nuevos gestores árabes en manufacturación. Por ello la estrategia hegemonista de diversificación actorial es inextricablemente una estrategia de limitación actorial (árabe e israelí), lo que fractura al judaísmo “plutocrático” estadounidense en base a su ocupación de coordenadas precisas sobre un eje triple de variables teológica, “nacional” y económica.

Neo-sionismo, exportación de capitales y Primaveras Árabes

Hillary Clinton hubo formalizado una propuesta llamada Look towards Asia, con la que se proponía estrechar el círculo militar sobre China al tiempo que disputar a ésta el liderato en materia de consolidación de bloques comerciales asiáticos regionales (centro-asiáticos, asia-oceánicos y extremo-orientales). El resultado fue una tan apabullante superioridad china que Obama ni siquiera se presentó a la última Cumbre asiática, alegando desórdenes internos (el evento coincidió con la embestida del Tea Party contra su propia Administración).

No obstante, otras son las líneas de aplicación del proyecto Obama de “regeneración” capitalista, que ha tenido a Hillary como cerebro de Trastienda y que significa defender el posicionamiento de sectores monopolistas yankies condenados al hundimiento en medio de la actual dificultad para mantener la competitividad internacional, y en tal grado asustados por cierta tendencia de respaldo estatal a la involución colonial pre-imperialista. En el Viejo Continente, la contraofensiva de esos sectores estadounidenses que no se resignan a perder definitivamente la comba de su época (la imperialista y no ya el colonialismo después de todo), se ha traducido en un tratado de libre comercio con la UE, mientras en África las cosas han empezado por impermeabilizar a ese continente, so excusa de cordón sanitario anti-pandemias, respecto de los viajes constantes de los agentes comerciales, los cuadros profesionales técnicos, los funcionarios asesores y los inversores de Estado chinos, entorpeciendo así la prosecución de acuerdos. A las puertas de Rusia han querido, estos gestores de “la recuperación” estadounidense, tener una Ucrania integrada en el mercado europeo a través del famoso tratado comercial (movimiento que, cotejado con la puesta en marcha del propio tratado euro-estadounidense, pone parte de los beneficios allende el Atlántico). Y a la vez se proyecta la des-industrialización ucraniana tanto como transnacionalizar su agro-industria a cambio de una “ayuda” financiera europea cuya devolución, a la postre, suele acabar ingresándose en New York. Todo este envite a escala mundial no es ajeno al reciente inicio de una “normalización” de relaciones con Cuba que es vista por la Administración Obama como potencial puerta de re-entrée económica (que no política) a Latinoamérica. Pero se trata de un envite que, por supuesto, se remonta en el tiempo a la estrategia de capitalizar un Mundo Árabe “sub-capitalizado” en unos casos y de capitalización nacional en otros. Y que, en otros casos más, tenía por capitalización característica la presencia aventajada de Francia (remanente de su vieja época colonial y a fortiori tras la “purga” tatcheriana del tejido empresarial británico no financiero) a través de un maremagnum de patentes y de empresas en su mayoría no monopolistas, y que permitía a diversos estamentos burocráticos y políticos árabes un plácido status quo de acumulación o al menos de renta/distribución.

La experiencia que han ido dejando las tentativas de Hillary, McCain y compañía en el sentido arriba apuntado, no deja de recordar a la película El efecto mariposa. En ella, un joven con poderes para regresar al pasado va visitándolo una y otra vez con objeto de intervenir sobre tal o cual suceso y corregir así su propia vida y la de allegados. Pero arreglar un aspecto comporta siempre torcer otros distintos y así desbaratar de un modo u otro esas vidas cercanas o la suya, atrapando al protagonista en un círculo vicioso donde el desastre causado llama a volver a actuar y donde la actuación es desastrosa. Así, la actual Administración del Hegemonismo ha ido labrando paso a paso su presente estadio de degeneración interventiva:

En Siria, por ejemplo, el plan de Clinton y de sus ejecutivos ha significado la constitución y luego el ninguneo/desabastecimiento y de nuevo reconstitución de versiones de “Ejércitos” “Libres”, mientras sus efectivos desertaban hacia grupos armados representantes de la fracción rival del Hegemonismo, cuya expresión política actual bebe de aquel Contract with America invocado por Bush y su gabinete. Coetáneamente, la Hermandad Musulmana de Clinton iba replegándose en el organigrama de la “coalición opositora siria” y fueron los pro-saudíes (es decir: pro esa otra fracción hegemonista) quienes acabaron ocupando la Dirección. Esto último vino a catalizar la descomposición del Ejército Libre y el re-alojo de efectivos en un Ejército del Islam de fuerte dependencia financiera saudí y en tal medida ligado a los planes neo-coloniales de los herederos de los Bush y sus monopolios, interesados en una barbarización del Oriente Árabe y no en su “desarrollo” dependiente de las transacciones imperialistas de economía civil.

En Iraq, el apoyo de los McCain al PDK contra el PKK a la izquierda y contra el DAESH a la derecha (creatura, ésta última, de la fracción Bush y herederos & Israel) iba rompiendo el necesario “equilibrio regional de fuerzas” al poner en aprietos a un aliado estratégico como es Turquía. Eso forzó una reconsideración en las dosis de apoyo que, retroactivamente, da un limitado pero precioso respiro de estabilidad e integridad territoriales al Gobierno iraquí de Al-Maliki, quien se le torció al imperialismo en su apoyo a la resistencia nacional siria.

En la propia Turquía, el plan de Hillary, que se configuró con la idea diametral de pivotar en torno a Erdogan, topaba con el límite interpuesto por las ambiciones regionales del propio Erdogan. Turquía tenía que suministrar hombres, entrenamiento y armas a las “revoluciones”, al tiempo que vehicular los contratos de capitalización potenciales con los nuevos Gobiernos árabes que debían ser colocados por el Hegemonismo al viento aterciopelado de “las Primaveras”. Pero Erdogan se puso a ser Patrón en lugar de marinero, y el Hegemonismo le dio un golpe brusco de timón agitando la salida a la luz pública de la corrupción gubernamental (a través del manejo indirecto ejercido sobre el poder judicial turco). Erdogan resistió contra viento y marea, y, haciéndose valer ante el Hegemonismo, fue éste último quien corrió lastimero a lamerle las manos. En estos últimos meses, un Erdogan decepcionado por el desastre de las Primaveras se pone a coquetear con Rusia, demostrando al Bloque declinante “occidental” que a la novia le salen varios pretendientes y que él mira por colocar a la novia lo mejor posible en el mercado mundial, sin complejos de maridaje.

En Egipto, la maniobra de “empoderar” a la Hermandad Musulmana no pudo salirle bien tampoco a la Administración estadounidense. Pues el fascismo confesionalista chocaba a tal punto con la sociología egipcia que provocó la salida de casi 35 millones de personas a las calles, dándose un golpe popular que ha significado ya la rescisión del acuerdo de Mursi con el FMI, todo al abrigo de la significativa respuesta que al-Sisi dio a John Kerry durante su última visita a El Cairo. “Egipto necesita menos subvenciones estadounidenses y más independencia”, respondió a los ofrecimientos hechos por el jefe de la diplomacia hegemonista.

En definitiva: impasse (pero no rendición definitiva) del proyecto Obama-Biden de “liberalización” del Oriente Árabe y el Norte de África, que inicialmente había previsto rehacer (en cuestión de unos cuantos meses) las perspectivas de exportaciones rentables y con papel clave de Turquía en el proceso, por vehicular al nivel regional los nuevos tratados comerciales y de inversión proyectados por el anglo-sionismo. Qatar queda como destacada financiera tanto del contingente armado necesario al proceso como del necesario despliegue infraestructural pos-proceso, función que le permite inflarse y reclamar para sí su cuota futura de un mercado árabe abierto por Gobiernos tan entreguistas al imperialismo “occidental” como afines a la cosmovisión emiral qatarí de la religión, la economía y la sociedad. Esta pinza entre intereses globales (“occidentales”) y regionales (emirales) converge en el intento de entronización del Islam Político, escenario de repartición intestina de roles entre hombres públicos “moderados” y una base salahfizada tanto en lo social -lumpenizada- como en lo ideológico -los “cascos duros” de los predicadores y los tele-predicadores.

Ante el colapso del proceso, derrotado coyunturalmente pero no vencido, la Administración Obama se ve empujada a encontrar/producir actores y rutas en un ejercicio geopolítico digamos cada vez más “imaginativo” y, sólo en apariencia, rocambolesco. Es en esta tesitura de contrahechuras primaverales llevadas cada vez más cerca del paroxismo, donde cabe situar, como veremos más abajo, el ante-diseño de un Estado doméstico palestino, pre-situado en Jordania por los más conservadores (y serviles con la proclama confesional judaica de “integridad territorial del Israel bíblico”), pero comúnmente sugerido al interior de las fronteras palestinas anteriores a los Seis Días (1967).

Es craso error (y generalizado) con-fundir el Supremacismo con el sionismo, con el calvinismo evangélico, con el talmudismo y ni tan siquiera con el judeo-testamentarismo (la primera forma histórica del Supremacismo); pues el uno y los otros ocupan, respectivamente, niveles de realidad distintos. Empleando a Hegel, y para mejor entendimiento, podríamos identificar al Supremacismo con “el Espíritu” y, a las formas, con sus sucesivas “alienaciones” u “objetivaciones” (fenomenología del Espíritu). El Supremacismo, que hunde sus raíces en el “exilio” babilonio judaico, es la auto-percepción de diferencia ontológica, de vocación elitista y de voluntad de dominación total, acuñada entre un reducido grupo humano que tiene filiación tribal (o que, en términos míticos, se reclama de la misma), y cuyo Proyecto se ha deslizado durante la historia hasta la fecha, junto con ellos y con su propio actuar corporativo.

En su “avatar” neo-sionista predominante en cierto mundo fraccionario, tanto político como monopolista y financiero, de la Superpotencia estadounidense y concentrado en la Costa Este, el Supremacismo se desgaja tanto de su vieja escatología religiosa (pre-sionista) como de su paradigma clásico de territorialidad política (sionista), para mejor acometer su reto de poseer a esas naciones y territorios que cree, por derecho natural, pertenecer a la “naturaleza superior” de los Elegidos. A tal efecto, el Supremacismo no tiene contradicción con basar su gestión regional en entidades territoriales árabes dirigidas por una ideología-aparato, el islam político, religiosamente absentista de toda vida económica productiva o de planificar desde el Estado una actividad acreedora/concentradora/re-inversora a través de capitalización nacional de iniciativas, y por ende míseramente rendido a los pies de las penetraciones imperialistas de Capital. A la forma neo-sionista del Supremacismo le importa conducir con eficiencia la caza del ratón, no el color del gato.

Sólo a una mentalidad gentil puede ocurrírsele que la élite supremacista tenga por qué exo-proyectar su huella tradicional identitaria sobre un Mundo de gentiles, en lugar de mirarse al espejo en su atalaya de lejanía exclusivista. Máxime cuando tal versión vanguardista, pragmática y avanzada de la créme tribal tiempo ha que se ríe de sus propia mitología, mientras prodiga su exhibición cinematográfica y mediática con el solo objeto de seguir dominando el corazón de las “inferiores gentes”.

El Plan de fondo

Un Nuevo Oriente Medio “liberalizado” (alineado con el Hegemonismo y sus grumetes imperialistas euro-continentales, convirtiéndose en permisivo del reinicio de la acumulación ampliada de Capital) garantizaría a los Estados Unidos limitar su gasto militar en la región (ahorro), aflojándole algo la soga a un sector monopolista generador de Capital, que soporta parte de la carga operativa, por medio del fisco y de la gran banca, de ese trasvase presupuestario hacia la industria militar y el universo de ramas conexas. Además de comportar un sobre-gasto, la militarización de la economía es disfuncional a ese otro sector del Hegemonismo cuya creación de dependencias nacionales al consumo de capitales exportados, requiere de marcos tranquilos, transitables y físicamente estructurados, contra la devastación retro-alimentada que programaron (y aplican) los sectores económicos más pasivos y extraccionistas al interior del propio Hegemonismo (dinosaurios del petróleo, “complejo militar-industrial”, automoción, finanza de guerra, metalurgia y construcción, créditos de reconstrucción, etc.). Por ello el plan Hillary constituye una apuesta por la paz regional (la etimología de pax viene de pactum, o pacto de sometimiento de los autóctonos al imperio) mientras títeres conciliados entre sí habrían de gestionar cada país, dando patente de Corso a las inversiones, a las exportaciones y a la compra de recursos.

La fracción hegemonista más interesada en ello se compone de Bancos de Inversión, finanzas, monopolios productivos, telecomunicaciones, micro-tecnología aplicada, créditos y compra de deuda estatal. En otros términos: el mundo económico de notable composición sionista demócrata, liberal (“progre”) o incluso leftish, radicada principalmente en NY, Washington y Connecticut, y que, en consonancia con el desarrollo de núcleos imperialistas emergentes en el Oriente Árabe, muestra considerable mano izquierda para entablar relaciones desde una vocación pragmática y multi-lateralista con Turquía, Qatar y los Emiratos Árabes Unidos. Estos pragmáticos son conscientes de no estar ya en condiciones de acometer el viejo “solos contra todos”, debiendo engancharse al vagón de negocios de esos centros regionales, al menos en la actual coyuntura de reflujo hegemonista y hasta que la rueda estadounidense de acumulación ampliada de Capital vuelva a engrasarse.

A esos efectos, el rol regional de Israel debe ser limitado con cautela, descartándose una re-edición del viejo Plan Peres al ser éste inconciliable precisamente con los apetitos y el potencial de esas nuevas sinergias regionales necesarias a la irrupción hegemonista en un hipotético Oriente Árabe finalmente habilitado como mercado de capitales. El mercado común árabo-israelí podrá (“y tendrá que”) inaugurarse, pero carecerá de un único epicentro, a diferencia de lo que Simón Peres ideó, y, por el contrario, será multipolar. La integración de Israel como uno de los motores económicos del Gran Oriente Medio sionista sólo es posible en un nuevo marco normalizado de relaciones inter-estatales, cuya condición es el Estadillo palestino doméstico. La entidad palestina funcionaría, entre varias cosas más, como contra-prestación a Turquía y a Qatar por ceder a cierto status quo de equilibrio con Israel, llamado a ser actor económico con doble potencial:

1) Catalizador de operaciones regionales emprendidas desde el mundo económico sionista estadounidense y más en general anglo-atlántico;

2) Receptor directo de inversiones estadounidenses prestas a rentabilizarse a lo ancho de ese Gran Oriente Medio y no ya reductivamente en Israel; tradicional perspectiva, ésta última, ya muy por debajo de las necesidades hegemonistas de recomposición de su Capital, y desde hace décadas cada vez más endeble y hasta raquítica, por contraste al florecimiento del mundo turquemano/centroasiático y Golfo Pérsico/Indostán.

Rentabilidades

El Estadillo palestino significa lo que en Teoría de Juegos recibe el nombre de óptimo paretiano: es el único punto situativo de confluencia entre actores que permite beneficiar a todos y cada uno por separado, significando, la ruptura del punto de equilibrio, el perjuicio para uno o varios de los actores en juego. Entre otras, las rentabilidades son:

1. Permitiría al anglo-sionismo sacarse de encima el peso muerto de un delirio israelí expansionista y militarista (empezando por la consumación de la fábula bíblica de un Israel desde el río Litani al Norte, con Tiro y Sidón, hasta la zona occidental de Jordania comprendiendo la misma capital Amman así como territorio situado al nordeste del Mar Muerto), cuyo gasto el Hegemonismo en crisis ha dejado de estar en condiciones de sufragar. Y que, al amenazar cada vez más a toda la región con sus proyectos de asentamiento (Israel carece de fronteras auto-precisadas), invoca vientos de destrucción en espiral que se llevan consigo las ilusiones hegemonistas de inaugurar un importante nicho económico con que subvertir la actual correlación de fuerzas respecto del astro ascendente chino.

2. Permitiría “liberar” la Fuerza de Trabajo palestina hoy atrapada en un sinfín de regulaciones y aprisionamientos territoriales y segregativos, a la vez que sujeta a insalubridad, a debilidad física, a baja formación y por tanto a inoperatividad respecto de sectores productivos de alto valor añadido, y, no olvidemos, a exterminio expreso. Inaugurar la transitabilidad, la valorización y en definitiva la normalización del palestino como Fuerza de Trabajo, iría a beneficiar sobre todo a Turquía, a Qatar y a Dubai y demás Emiratos, por el doble movimiento de exportar capitales al interior del Estadillo y de recibir migración (inevitable en un contexto de nuevo Estado pobre superpoblado con pobres).

3. Un Estadillo palestino, abierto a espuertas a las necesidades inversionistas “occidentales”, se convertiría en una especie de modelo autoritativo para diversos estratos insertos a los poderes administrativos-institucionales árabes, e incluso para ciertos sectores de población que se miran en el espejo de “la liberalidad” de movimientos tanto como de apropiaciones capitalistas sobre la vida económica y sobre estructuras sociales y de abastecimiento (el paradigma, para el caso, podría ser Dubai). Ver a los palestinos “ejemplarmente” integrados en el sistema-campo “occidental”, podría actuar a modo de “máquina aceleradora” de “re-estructuraciones” nacionales árabes en idéntica vía.

4. El Estadillo palestino abrirá la veta de negocios conjuntos de Turquía, Qatar y el Golfo también con una burguesía palestina que accedería a su Estado sumida en la total dependencia crediticia y de capitalización, y donde toda infraestructura estará por hacer (comercio, construcción, infrastructuras, “democratización” de las nuevas tecnologías, etc.).

5. Significaría la diversificación de actores/gestores regionales que ayuden a implementar el Gran Oriente Medio también en aquellos países resistentes, como Siria. A recordar al respecto el nada desdeñable sustrato palestino en las filas de varios grupos “rebeldes”, movilizados por un movimiento Hamas a su vez financiado por el Egipto de Mohammed Mursi. Por tanto, nuevo punto de apoyo del Hegemonismo.

6. Permitiría limitar el rol de Israel gracias a la función presionadora y acotadora de tener al Estadillo palestino enfrente, “reconocido internacionalmente” y con el apoyo expreso del mencionado sector del Hegemonismo. El anglo-sionismo, a través de esa sola figura, recordaría permanentemente a Israel la propia vocación sionista atlántica de tener la batuta. Israel ha derivado hacia un paradigma pos-sionista irracional mesiánico, que espanta a los sectores pragmáticos del sionismo (raigambre constitutiva de lo que llamo “neo-sionismo” ya a día de hoy), nada interesados en convertir al Oriente Árabe (y al propio Israel) en una ruina bélica.

7. Permitiría adelgazar y plantar definitivamente “de pies en tierra” las perspectivas de un Estado israelí cuyo viejo proyecto territorial genera, en tanto que pozo sin fondo para las subvenciones del Estado federal y su Reserva, cada vez más amplias reacciones adversas entre la propia población estadounidense. El soporte a un “Gran Israel” se ha revelado innecesario, por obsolescencia del dominio político-territorial para un anglo-sionismo que hoy puede ser más operativo mediante dominación financiera y cooptación “islamista” de la política regional. Pero es hoy también un soporte improductivo teniendo en cuenta que los movimientos de capitales y su acumulación giran hoy entorno a potencias regionales emergentes que no transigirían jamás con un Israel demasiado grande, teniendo como tienen, ellas mismas, necesidades de exo-proyectarse hacia la zona de disputa.

8. Dialécticamente, Israel ganaría en seguridad (política y ciudadana) de la mano de la segregación poblacional a lo que cínicamente sería llamado “Palestina”. La definitiva judaización poblacional de Israel podría catapultarle a éste además, y si cierta porción de Jordania se perfilara en fin como tierra de re-ubicación, hacia la asunción desproblematizada de unos “territorios ocupados palestinos” despoblados por el nuevo éxodo palestino (recuérdese el célebre Mito acuñado por Golda Meir relativo a que Palestina era “Una tierra sin hombres para unos hombres sin tierra”). A esta des-problematización cabría agregarle la vigilancia estrecha de la Autoridad Nacional Palestina sobre los propios palestinos. No menos importante, la elisión de la Variable “palestinos” contribuiría a des-conflictivizar a la propia sociedad judeo-israelí, hoy en disenso entorno a diferentes narrativas de identidad cuyo antagonismo de fondo se expresa “superficialmente”, con mayor o menor control, a través de la ecuación “relaciones con los palestinos y estatus jurídico”. Y donde sectores nacional-sionistas piden mano dura, las “palomas” se quejan de falta de normalización sociológica, el nacional-judaísmo no los quiere físicamente allí, etc.

9. Ya hemos dicho que Israel genera conflicto e inestabilidad: sus ambiciones y, sobre todo, su cosmovisión apocalíptica, limitan la maniobrabilidad del imperialismo en la zona. A esto cabe añadir otra cuestión de extraordinaria importancia: la sola vocación expansionista israelí fortalece más si cabe entre las masas populares árabes al peor enemigo ideológico y material del imperialismo/sionismo: el nacionalismo árabe y el socialismo panarabista.

10. Los planes israelíes expansionistas de colocar a toda la población judía mundial en el Oriente Árabe (Eretz Israel), enervan a un sionismo estadounidense que se halla así mucho más maniatado militarmente, porque la respuesta de los países árabes agredidos se volvería mucho más peligrosa al afectar potencialmente a toda esa masa poblacional de “los Elegidos”. El anglo-sionismo desea salvar a “los Elegidos”, como eminentes destinatarios de los parabienes derivados de gobernar el orden supremacista futuro y así como base social “tribal” de apoyo. No se puede permitir llevarlos en masa al matadero.

11. Paralelamente, con la creación de un Estadillo palestino Israel da un salto cualitativo en materia de “legitimidad internacional” mientras provee mejora de credibilidad a la escenificación qatarí, turca, jordana o saudí ante sus poblaciones respectivas. Dichos actores carecen de la mínima intención de dejar de reconocer tácitamente a Israel; postura de “coexistencia práctica” indigerible para las amplias masas, pero que al fin podría ser dotada de cierto “rostro humano” si se consuma la táctica conciliacionista de “dos pueblos, dos Estados”.

El adversario del proyecto dentro del propio campo Supremacista

Todo este paradigma neo-sionista arriba descrito, que no necesita ya de demasiada territorialidad judaica en su perspectiva funcional, y que hasta se atreve con un Estadillo palestino susceptible de ser rentabilizado, tiene enfrente al paradigma que llamo pos-sionista, de resonancias anglo-americanas pero primordialmente nucleado al interior de Israel. En su complejidad de variantes tanto nacional como social-sionistas, el sionismo clásico fue un fenómeno típicamente moderno, reflejo ideológico de optimismo, que tomaba al Estado racista y racial como el alfa y el omega de la dominación política y territorial a ejercer por la población “naturalmente destinada a ello”, y donde el Estado (estructura) reclamaba, en esa precisa clave racional suya, los servicios de la militarización interna tanto como del militarismo expansionista dirigido al exterior (funciones).

Lo que denomino el pos-sionismo es el reverso simétrico de ese paradigma. El pos-sionismo es un fenómeno típicamente posmoderno que germina y eclosiona en paralelo a la decadencia de un paradigma sionista cada vez menos crédulo respecto de sus propias fuerzas y en tal medida respecto de su Misión político-territorial y demográfica. Parcialmente distanciado respecto de una infrastructura atlántica de mecenazgo cada vez más reacia a sufragar el parasitismo israelí y su vocación de ampliación de fronteras, el sionismo va mutando en un irracionalismo transmundano en cuyos parámetros discursivos el Estado deja de ser visto de forma optimista como regazo/portador de dominación, con la guerra como resorte instrumental. Al revés, el Estado empezará a ser concebido como resorte de la guerra, a su vez definida como requisito profético para un desenlace mesiánico realizador (no ya el Estado, ni tampoco virtudes raciales de superioridad, sino Jehová) del sueño supremacista.

Este paradigma no puede transigir no ya con el Estadillo palestino, sino siquiera con la mínima concesión de gestión territorial que signifique la “privación de integridad” al Mito de un Israel bíblico que hay que “conquistar y preservar” intacto como hecho preparatorio del Armaghedon y el “Paraíso terrenal” para los judíos. Hoy, la política ejecutiva israelí, derivada de la fusión de las formaciones teológicas con el nacional-sionismo conservador clásico, da sus pasos a sellar un orden meta-histórico a ser portado por la Providencia, e incumplible sin territorialidad como canal hacia la escatología antiguo-testamentaria (a. judaización demográfica del Israel bíblico; b. unidad política judía sobre esas tierras; c. hegemonía política sobre toda la llamada Tierra Prometida, desde Egipto a Iraq).

Sólo en esta clave cismática, sólidamente implantada en la política y sociedad israelíes, debe leerse el asesinato del General Rabin, quien, en consonancia con la vía abierta por los Acuerdos de Oslo, había firmado con los palestinos la renuncia a colonizar ciertos territorios al interior del Israel bíblico. Aunque los medios enseguida se apuraron en particularizar el asesinato atrayendo la atención internacional hacia un “extremista” supuestamente “descontrolado”, lo cierto es que el autor material era miembro del partido Shaas, liderado en su día por el Rabino shefardí Obadia y que llevaba tiempo intervenido y manipulado por el Shin Beth (contra-espionaje interior). El acto fue la desembocadura, así pues, de una trama de Estado manejándose a través de una formación que hizo de denso caldo de cultivo. Por su parte, el judío Obadia, nacido en Iraq, “Patriarca” de los shefardíes y llamado por sus detractores “el Ayatolah de Israel”, nunca cesó, hasta el día de su muerte, de pregonar que cualquier pacto con los árabes era un sacrilegio. Su entierro sería arropado por un cortejo callejero de más de 3 millones de personas (de un conjunto poblacional de unos 8 millones incluyendo a palestinos), superior en cifras al que en 1995 había despedido al propio Rabin.

Entronca con el pos-sionismo un sector de los monopolios y finanzas hegemonistas, con sus hombres de Estado y considerable presencia tanto en el Senado como en el Congreso, y que, mutatis mutandis, atestiguan la antorcha de aquel Contract with America enunciado en su día por el llamado “sionismo cristiano” (evangélico-calvinistas y otras corrientes secundarias del presbiterianismo estadounidense). En la cosmovisión cristiano-sionista, el rebaño se conduce a cumplir un telos Pastoral (Juicio Final). El acceso a la redención a través de la concentración demográfica judía en “Tierra Santa” (“perdón de los judíos”) es el acontecimiento de obligado preceder a la venida del mesías, y que solamente el Nuevo Pueblo Elegido (WASP descendientes de los colonos pioners) puede llevar a realidad. Percíbase, pues, el elemento mesiánico latente en la Teoría de la Misión Manifiesta de los Estados Unidos. Esta meta-ideología pro-israelí se aviene a los intereses materiales profesados por aquellos sectores de la clase dominante estadounidense que no necesitan mercados civiles de capitales, sino neo-colonizar y subdesarrollar el Oriente Árabe en una proyección circular, es decir, mediante la guerra y en aras de los negocios de guerra.

Es Arabia Saudí el delegado árabe por excelencia de este proyecto de Nuevo Oriente Medio, alternativo a aquél del neo-sionismo y enfrentado a éste. Con vistas a consumarlo, dicho sector de Hegemonismo ha articulado relaciones estratégicas saud-israelíes con cuyo espíritu ambos Estados co-demarcan el Oriente Árabe en un Eretz Israel prefigurado (tendencial y de futuro) flanqueable al Este por micro-territorios bajo gestión de señores de la guerra. Quizás terminen todos ellos por aglutinarse (concepto de Assabiya o “espíritu de cuerpo”) tras una figura califal prefabricada (tal vez Al-Baghdadi), y a la sombra saudí o al menos en coexistencia práctica más allá del humo de las condenas por “impureza” que el IS vierte sobre los Saud. A fecha actual, las fronteras de asentamiento y de repoblación gestionadas por el Estado Islámico coinciden con el perímetro oriental del Eretz Israel “prometido”, cuyo interior esta organización se cuida bien de no colonizar.

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