El profesor Gilbert Achcar: una visión caricaturesca de Siria

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Gilbert Achcar

Bahar Kimyongür
24 de marzo, 2014
Traducción: Collectif Investig’Action

Fuente: Investig’Action

En un artículo publicado el 23 de febrero en la página web francesa del diario libanés «L’ Orient- Le Jour» («¿Qué queda de la primavera árabe?»), el profesor de izquierdas franco-libanés Gilbert Achcar nos dejó una vez más sorprendidos por la pobreza de su análisis sobre la Primavera Árabe y el conflicto sirio.

Como las aberraciones defendidas por el intelectual trotskista en su artículo de opinión son demasiado numerosas, nos limitaremos a criticar un solo pasaje, aquel en el que presenta a Siria de la siguiente manera:

«(…) la transformación de las Fuerzas Armadas por Hafez el-Assad en guardia pretoriana del régimen sobre la base de una confesión minoritaria, estaba destinada a alimentar resentimientos confesionales en la mayoría de la gente. Imaginemos que el presidente egipcio fuese copto, que su familia dominase la economía del pais, que las tres cuartas partes de los oficiales del ejército egipcio también fuesen coptos, y que los cuerpos de élite del ejército egipcio lo fuesen integralemente. ¿Sería sorprendente ver el «extremismo musulmán» prosperar en Egipto?»

Nótese en primer lugar cómo el profesor Gilbert Achcar habla púdicamente de «extremismo musulmán» en el caso de Siria.

Para el especialista de las revueltas árabes, es comprensible e incluso normal que los yihadistas decapiten a prisioneros y luego jueguen al fútbol con sus cabezas. Se justifica que los yihadistas lanzen sus víctimas en hornos, alineen en las barbacoas las cabezas separadas de sus cuerpos, incrusten cabezas en la punta de lanzas o en las rejas de una pared de la escuela, exhorten a los niños a decapitar a los prisioneros, destripen a sus víctimas y simulen que comen sus entrañas.

Si todos estos crímenes se cometen en Siria, para el Sr. Achcar en cualquier caso la culpa es de la dictadura, que ha «alimentado» el yihadismo. Y es aún más la culpa de la dictadura siria porque ésta es confesional, añade. De hecho, según Achcar, los alauíes en Siria controlan todo o casi. Notemos de paso, que ese es el principal argumento de los grupos yihadistas para justificar su política genocida en Siria.

El intelectual franco- libanés no tiene pues miedo de volver a sacar la vieja teoría del complot alauí a la cabeza del Estado sirio. De paso, se abstiene de citar a los apparatchiks del régimen sirio como el suní Abdel Halim Khaddam, uno de los primeros en haber dejado el navío baasista bajo el mandato presidencial de Bachar al Assad.

Abdel Halim Khaddam no tenía nada de un suní oprimido, ya que fue presidente interino del país durante más de un mes. Ademas, durante su carrera, Khaddam ha amasado una fortuna que le permitió coleccionar villas y coches de lujo, que le hicieron odioso a los ojos de la mayoría de los sirios.

El Sr. Achcar también se olvida de decir que a la cabeza del servicio de inteligencia, del ejército y del partido Baath, precisamente los tres pilares del dispositivo represivo sirio, los suníes estan tan representados como los alauíes.

Al igual que pasa con el ejército egipcio, los musulmanes suníes forman la columna vertebral del ejército árabe sirio que lucha incansablemente contra el terrorismo. Hablando todavía de Siria, hay más ministros suníes que ministros alauíes. El Sr. Achcar también olvida mencionar que el sunismo propiamente dicho es la religión de Estado en Siria, mientras que los alauíes no tienen ningun existencia legal ni disponen del menor privilegio en el plano religioso. Sus lugares de culto de modestas dimensiones son mantenidos por los descendientes del jeque de la comunidad difunto que, a su muerte, es honrado como un santo.

El Sr. Achcar finje ignorar pues que los alauíes de Siria nunca han formado una casta privilegiada en Siria. En realidad, sólo unos pocos miembros de la familia del presidente Assad se han beneficiado económicamente.

Pero esta situación, lamentablemente no es excepcional: los advenedizos de otras comunidades del país también han favorecido la ascensión social de sus familias o sus amigos. Un ministro cristiano, suni o druso recurrirá a un amigo de la infancia, a una sobrina o a un primo para que trabaje en su ministerio. Esta práctica es criticable, pero está lejos de ser la exclusividad de los alauíes. Por lo tanto, la corrupción no es un fenómeno estrictamente confesional en Siria.

Del mismo modo, en su abrumadora mayoría, los alauíes comparten las mismas condiciones de vida, de trabajo o de precariedad que sus hermanos suníes. La mayoría de los alauíes se las apañan como pueden, cerca del umbral de la pobreza .

Por otra parte, las grandes familias burguesas de Damasco o Alepo son mayoritariamente sunies y cristianos, y no alauies .

Por último, el estilo de vida de un Hafez y de un Bachar al-Assad no tiene nada que ver con el del ex presidente tunecino Ben Ali o del ex presidente egipcio Mubarak.

Hafez el Assad vivía en un modesto apartamento, por no decir vetusto, del centro de Damasco. Bachar al- Assad vive, él también, en un apartamento en la ciudad y no en un palacio, un castillo, una villa, un yate o un rancho como los otros dictadores árabes.

Todo esto, el Sr. Achcar debe saberlo. Pero oculta deliberadamente esos elementos para caricaturizar mejor a Siria, comparándola con un Egipto imaginario dominado por los coptos.

El intelectual trotskista no necesita en modo alguno inventar un Egipto confesional para ilustrarnos con aquello a lo que Siria no se parece.

Tomemos las monarquías wahabíes afiliadas al Consejo de Cooperación del Golfo.

Bahrein, por ejemplo. La población de ese pequeño país es chií en un 70 %. Pero la dinastía que reina es totalmente suní y lo que es más, de obediencia wahabí. Todos los ministros, jefes del ejército, de los servicios secretos y los principales magistrados forman parte de una sola y única familia y, a fortiori, de una sola y única confesión. A la cabeza del Estado, de la justicia , del ejército y de los medios de comunicación, todo el mundo se llama Al Khalifa.

Mientras que un suní en Siria puede convertirse en presidente, un chií en Bahrein no puede ni siquiera convertirse en un agente de circulación.

Los chiíes de Bahrein son sometidos a la discriminación en el empleo y la vivienda únicamente porque son chiíes, una situación impensable en Siria.

Odiados por la dinastía de los Al Khalifa, los chiíes son sometidos a la miseria, la marginación social y cultural, la tortura, el terror y la humillación.

Sin embargo, a pesar de sus sufrimientos, esas masas oprimidas no se entregan a pogromos anti suníes, ni a todas esas orgías de violencia y barbarie en contra de sus conciudadanos suníes, como nos tienen acostumbrados los yihadistas en Siria.

A diferencia de los yihadistas sirios llenos de odio anti chií y anti alauí, los miserables de Bahrein no llaman a aplicar un genocidio anti suní.

La barbarie de los grupos combatientes activos en Siria, por tanto, no es una fatalidad.

Una simple frustración y un «rencor» de caracter confesional tampoco bastan para explicar el salvajismo de los yihadistas sirios.

En Siria, la guerra contra las «herejías» y los grupos minoritarios tiene una historia y una tradición milenaria. Se basa en un dogma, un proyecto político, una propaganda y fatwas popularizadas a la vez por la tradición oral como por los medios de comunicación modernos.

Mientras que Gilbert Achcar se desloma para hacer del extremismo religioso el contra golpe inevitable de la violencia y la corrupción de las dictaduras árabes, su conclusión niega la siguiente evidencia : en Túnez, Libia, Egipto o en Siria, en el estado actual de la calle árabe, los progresistas árabes no tenían al inicio de la revuelta ninguna posibilidad de derrotar una dictadura sin ser adelantados por las fuerzas reaccionarias que disponen de recursos financieros, humanos y logísticos casi infinitos.

El Profesor Achcar tiene razón en un punto: las direcciones de los movimientos de revuelta árabes deben encarnar «las aspiraciones progresistas de millones de jóvenes que entraron en revuelta en 2011.»

Pero expresando ese deseo piadoso, sin quererlo, señala las razones del fracaso de estas revueltas: de hecho, la incapacidad de las fuerzas progresistas árabes para ser más convincentes, eficaces y seductoras que los grupos religiosos, cuyo dogmatismo y demagogia han constituido su fuente de ganancias.

Conscientes de sus debilidades, varios grupos progresistas como la Corriente Popular Egipcia (CPE) de Hamdeen Sabahi se han puesto del lado del ejército egipcio contra los grupos religiosos y el terrorismo yihadista.

Antes de proponer un remedio, los intelectuales como el profesor Achcar prestarían un gran servicio al lector profano, si comenzaran por establecer un diagnóstico preciso de la situación actual en la sociedad árabe y en sus luchas populares.

En el caso de Siria, cuando los intelectuales como Achcar dejen de insinuar que los alauíes provocan su propio genocido por su culpa, cuando vean que hay millones de suníes, cristianos y drusos que consideran de un interés vital la defensa de su gobierno y su ejército, y cuando traten en su justa medida los horrores cometidos por los grupos yihadistas, tal vez veamos a multitudes de ciudadanos lealistas exigir reformas democráticas en coro con los ciudadanos de la oposición.

Pero por ahora, los sirios tienen una prioridad: poner fin a la guerra en su país. Cansados de chapotear en las calderas del infierno, los sirios de todas las tendencias son cada vez más numerosos en defender al Estado contra el terrorismo, como hemos visto en los acontecimientos de los últimos días en Damasco, Alepo, Homs, Hama, Latakia, Deir Ez-Zor, Deraa y Hassakeh.

Aunque esta constatación pragmática sea difícil de aceptar para millones de sirios, incluyendo los primeros contestatarios, la supervivencia de Siria tal como la han conocido, con su espíritu de convivencia legendario, sus lugares santos, sus escuelas, sus hospitales, sus industrias, sus tierras agrícolas, su creatividad artística y su patrimonio arqueológico, es más importante que el sueño de deslizar una papeleta de voto en una urna para el candidato político de su elección.

El dilema, desde hace muchisimo tiempo, ya no se sitúa entre la dictadura y la democracia, sino entre Madaniya, la civilización y Mad Max, el caos post apocalíptico.

Digámoslo de manera más prosaica: o la Siria lealista gana la guerra contra el terrorismo como Argelia. O la Siria lealista pierde la guerra contra el terrorismo como Afganistán.

Una solución a la argelina o una disolución a la afgana.

Nada menos.

No hace falta ser un profesor emérito para verlo. Uno o ambos ojos bastan.

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